Cuando eres pequeño y juegas a la gallinita ciega, te gusta esa sensación de tener los ojos vendados, dándo vueltas, y vueltas, sin saber que pasa ahí fuera, solo recordándo lo que pensabas antes de que te hicieran eso, no pensabas, sólo actuabas, y dejabas la razón atrás, con una venda en los ojos que no te dejaba ver la realidad, y podías golpearte una y otra vez, porque era sólo un juego más.
Pero ahora, recuerdo la frase "no hay peor ciego el que no quiere ver".
Quizás por eso, siempre que alguien se engaña a sí mismo, dicen que tiene una venda en los ojos.
Y es que yo era esa gallinita ciega. Tendría que haberme golpeado más fuerte...
Había dejado un poco de lado mis sentimientos, había olvidado el estremecimiento al recordar cada beso suyo, lo prohibido, el escondite, el dolor al ver la distancia que quizás nos separaba, cada lágrima, sonrisa o mirada.
Han pasado los meses y se hace patente todas las veces que rogué que la lluvia me embriagara, que no llegase a secarse nunca, que todos los días fuesen tormenta. Ahora se ha vuelto como una droga, adicta, que te afecta en todo, te cambia, que borra de ti la negatividad y se lleva con ella tambien cualquier apice de amor que pudiese quedar en este corazón...
A veces intento desprenderme de lo único que me une a ti, una red en la que puedo caer y sé que no habrá heridas, un lugar en el que si quiero puedo perderme, jugar a no ser yo...pero ¿cuál es el riesgo por cruzar esa línea?
Ahora entiendo tus palabras: no te salves; no lo hagas. Deja que la noche abra sus ojos; enamórate; agárrate al temblor; quema el mañana."
Te creo y ahora te espero aquí, sentada al borde del precipicio. ¿Será demasiado tarde?
Espero que no.
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4 de octubre de 2008
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